Los argentinos distinguimos tres puntos de cocción cuando se trata del asado: jugoso, carne dorada por fuera, pero rosada y con jugo abundante por dentro; a punto, más seca por dentro, pero con jugos rojizos por fuera; y cocido, marrón oscuro por fuera y seca en el interior.
Pero si en algo estamos de acuerdo es que la carne nunca debe quedar seca como una “suela” y perder todo su atractivo.
Justamente porque el gran secreto de un buen asador es ir encontrando en cada minuto lo que la carne puesta al fuego necesita.
En primer lugar, es fundamental marinar la carne antes de cocinarla, porque una marinada adecuada ayudará a retener la humedad y a mejorar el sabor.
La receta de la marinada propuesta: Una mezcla de aceite de oliva, jugo de limón, ajo picado, hierbas frescas y especias.
Otro consejo, además de la marinada, es usar un adobo de sal y azúcar, porque la primera ayudará a retener la humedad y la segunda agregará dulzura y caramelización.
La temperatura de los hierros debe estar caliente desde el principio y para eso lo más recomendable es calentarla mientras las brasas van tomando fuerza.
El asador, el encargado de hacer el asado, debe estar atento a la temperatura de cocción.
Lo ideal es comenzar a fuego alto para sellar la superficie de la carne y luego reducir la temperatura para cocinar lentamente.
Para tener carnes jugosas de acuerdo a su tipo, debemos conocer cómo cada una de ellas responde a las brasas.
Hay más técnicas disponibles, como untar la carne con un poco de aceite o manteca y salarla antes de tirarla sobre la parrilla.
Los cortes de mayor contenido de grasa intramuscular (marmoleado) aseguran una textura más jugosa.
Con la cocción por la mitad, dar vuelta la pieza para dorarla por ambos lados.
El cerdo tiene mucha grasa y solo basta con echarle sal para mantener sus jugos (también se puede rociar con un poco de cerveza).
Recomendación: cocinar a fuego fuerte durante unas dos horas.