La tradición dice que hay que cocer el pulpo sin sal, y que ya se salará al utilizarlo cocido en la preparación que más convenga, por lo que básicamente, solo necesitaremos el agua y una buena cacerola que tenga espacio para albergar el pulpo. Aunque la tradición mandaba golpear los pulpos contra las rocas para romper sus fibras y ablandarlos, hoy el proceso de elaboración del pulpo es más sencillo ya que esos golpes se han sustituido por una congelación de tres días. Así, después de descongelarlo, el pulpo saldrá tierno y en perfecto estado para cocer. Recomendamos, eso sí, descongelarlo dentro de la nevera durante un día, colocándolo a tal fin en una cacerola amplia porque soltará algo de agua, que después desecharemos. Cuando vayamos a cocer el pulpo, ponemos una cacerola amplia con agua a fuego vivo y esperamos a que hierva a borbotones. Después, dejamos ya el pulpo dentro de la cacerola y mantenemos la cocción durante 25 a 30 minutos, según el tamaño. Para ver si está ya bien cocido, podemos meter un palillo o brocheta en uno de los tentáculos y notar si ofrece o no mucha resistencia. Una vez veamos que está casi en su punto apagamos el fuego, y podemos dejar el pulpo dentro del agua para que se enfríe lentamente terminando de cocerse con el calor remanente.